CLOE
—¿Sí?
—Ana, soy Cloe.
—Dime Cloe… ¿Pero qué hora es…, qué pasa?
—Acaba de llamar la policía, es Aristo.
—¿Qué pasa…? ¿Estás bien Cloe?
—Es Aristo está muy grave, está en el Hospital, me han llamado, quiere verme.
—Ahora mismo voy a tu casa.
Entre las dos, sin apenas palabras, vistieron a Musquilda y a Iñigo, que sin terminar de despertarse se dejaron hacer. Eran las seis de la mañana y aún faltaba un par de horas para que sonara el despertador para ir al colegio. Ana con su actitud tensa mostraba que no estaba de acuerdo con el encuentro de Cloe y Aristo.
—Necesito estar sola para pensar, Ana, no sé bien qué hacer, parece que está muy mal, que se está muriendo.
—Tú verás. Por los críos no te preocupes.
Frente al ventanal del dormitorio comenzaba la diaria pelea de lo claro y lo oscuro. Cloe, sentada sobre la cama, rodeaba con sus brazos sus piernas flexionadas contra su pecho. Su cuerpo, cubierto apenas por una camisola, se inclinaba levemente hacia la tenue luz y mostraba esa quietud de estatua en la que caemos, cuando es el pensamiento el lugar donde se está. La habitación y el paisaje ciudadano comenzaron a iluminarse con la luz confusa del amanecer en el cual parecía que ella fijara su mirada, y no era así, porque los ojos del recuerdo, con los que realmente ella veía ahora miraban hacia otro lado, hacia otro tiempo.
—¿Cómo dices? —Ana pegó la oreja a la boca de Cloe—¡Que ha entrado Aristo!
—Olvídate de Aristo, —dijo Ana—, ahora pondrán música lenta, me apetece bailar.
—Tiene mucho talento, me gusta, —insistió Cloe.
—Como no lo tenga entre las piernas... —dijo Ana.
—¿Qué?
—Sabes muy bien lo que he dicho, ven Cloe, vamos a bailar.
Cuando llegaron a la pista central comenzó a sonar you've got a friend. Ana y Cloe se abrazaron estrechamente. El tierno sentimiento de amistad, largamente construida, fluyó entre ellas bajo la luz tenue y discontinua de la discoteca que mostraba y ocultaba sus cuerpos al ritmo lento de la canción.
—No pienses más en Aristo, mi dulce Cloe, no soporto verte sufrir.
—Calla Ana, déjate llevar —Cloe besó el cuello de Ana y la estrechó con más fuerza aun.
Esa misma noche, después de cuatro bailes y unos cuantos besos y abrazos más encendidos que un sol de mediodía, Cloe y Aristo terminaron en la cama. Poco después, Cloe se puso a trabajar, además de seguir con sus estudios en la Universidad y se metieron en un piso de alquiler. A los nueve meses nació Muskilda. Después vino Iñigo. Durante ese tiempo Aristo no pudo ocuparse apenas de nada más que de terminar sus estudios, y al terminarlos, todo su tiempo se le fue en intentar abrirse paso en una profesión liberal. La responsabilidad de la casa y de la educación de Muskilda y de Enneko recayeron sobre Cloe. Un día, sin haber tenido tiempo para darse cuenta de lo que le pasaba, Cloe dejó de sentir amor por Aristo. Se fue primero el deseo, luego se fue el cariño, y en su lugar, se instalaron en su cuerpo rencores y tristezas. Decidieron darse un tiempo de convivencia y ver qué pasaba. Aristo, que siempre se había pasado algo con el alcohol, comenzó a beber con más frecuencia y Cloe le dejó las cosas claras: —o te vas tú, o me voy yo—. Aristo metió unas cuantas cosas en una mochila mientras vaciaba una botella de whisky y se marchó a una pensión. Aristo ni se planteó la posibilidad de quedarse con Muskilda y con Enneko. No discutieron por los hijos ni por nada material. En realidad, no había nada que discutir, tanto los hijos como la casa eran responsabilidad, casi exclusiva, de Cloe, y a pesar de que lo hablaban a menudo, y llegaban al acuerdo de que, tanto la educación y el cuidado de los hijos eran responsabilidad de los dos, Aristo siempre encontraba un motivo para zafarse de las tareas de cuidado y limpieza y todos los días eran la constatación del nefasto desacuerdo.
—Me acercas los pañales Aris. —Cloe sujeta con una mano a Íñigo que patalea encima del cambiador y con la otra intenta alcanzar los pañales.
—Ya voy.
—Venga Aris, que lo tengo a medio vestir.
—Este fin de semana tengo una conferencia muy interesante en Barcelona, volveré el domingo a la noche. —Aristo dejó el periódico del día anterior al borde de la cama y comenzó a desperezarse.
—¡Ni hablar, no puedes irte,…!, habíamos quedado en….
Muskilda llamó desde la cocina.
—Ama, ¿dónde está la mermelada?
—Pero tengo que ir, entra dentro del programa del curso, —dijo Aristo— mientras buscaba las zapatillas por debajo de la cama.
—¡Mierda! ¿Por qué no me lo dijiste antes? —Cloe cogió en brazos a Enneko que lloraba con todas sus fuerzas y alcanzó los pañales.
—Ya sabes que a mi madre hay que avisarla con más tiempo —gritó Cloe mientras terminaba de vestir a Iñigo.
—¿Y ahora qué hago yo? —Se volvió furiosa hacia Aristo, pero él ya se había ido.
En la cocina, Cloe sentó al pequeño en una sillita alta y lo ató con cuidado. Luego sacó los cereales y la mermelada y lo acercó todo a Muskilda y ella se sirvió un café con leche. Aristo, de un trago terminó el suyo, se acercó a Cloe para besarla pero ella retiró la cara.
—Hueles a whisky, Aris.
—Así me olvido de que ya no me quiere mi mujercita.
Cloe se volvió de espaldas a Aristo y el sonido de la puerta de la calle al cerrarse le dolió más que una bofetada. Miró a través de la ventana de la cocina. Estaba tan furiosa que no veía nada de lo que tenía frente a los ojos. Aun quería algo a Aristo pero le era imposible abrazarle. El sexo, más violento y potente que el amor, también es más frágil, no sobrevive en algunas personas a sentimientos encontrados. Hacía tiempo que el deseo había desaparecido entre ellos y del amor solo quedaban rastros amarrados a recuerdos y a rutinas. Cloe no tuvo tiempo de llorar. Tenía que darse prisa para acercar a Muskilda y a Íñigo al colegio y a la guardería. Como todos los días llegaría tarde al trabajo. —Todo lo hago mal—, y comenzó su día, como el día anterior, como el siguiente, y el otro, y el otro, sin tiempo para reflexionar, sin tiempo para dialogar. Sin tiempo para llorar.
El soniquete del despertador sacudió el cuerpo estático de Cloe. Estaba decidida a ir al hospital, no podía negarse a ese deseo de Aristo. Se sentó al borde de la cama. El sol había intensificado los colores del paisaje urbano y a través del ventanal del dormitorio se hacía más presente la ciudad en forma de sonidos; esos sonidos por los que somos capaces, aun con los ojos cerrados de saber con mucha exactitud en qué hora está trascurriendo el día. Anduvo por la habitación mientras se abrochaba la camisa. —Aristo siempre ha deseado cosas de mí, hasta en este momento es su deseo lo que me lleva a su lado—. Cloe terminó de abrocharse la camisa frente a la ventana del dormitorio dejando que las lágrimas corrieran por su cara hasta juntarse bajo su barbilla. En estos meses en los que no se habían vuelto a ver había tenido tiempo para llorar y para reflexionar. Al cerrar la puerta para dirigirse al Hospital sintió que estaba cerrando, definitivamente, una etapa de su vida.
Una enfermera la condujo hasta la sala de cuidados intensivos. En un espacio de forma circular estaban dispuestas unas veinte camas separadas por cortas mamparas. Cuando Cloe estuvo al lado de Aristo le recorrió un estremecimiento por sus entrañas. La vida está llena de buenos ratos y muchos contratiempos, pero a veces el destino nos hace una mueca horrible. Ahí estaba Aristo. Le costó entender la situación a pesar de conocerla hacía horas. Aristo tenía la cabeza envuelta en vendajes y apenas se le veía la cara. El olor a desinfectante también era una barrera entre sus cuerpos. Cloe puso una mano de Aristo entre las suyas y entonces unas lágrimas sin ira acudieron a sus ojos como acude la lluvia a la tierra seca y pudo al fin hablar:
—Aris, Aris, cariño…, pero… qué te ha pasado…
—Cloe… has venido…, estoy herido…
—Yo también estoy herida, Aris.
—Perdóname, Cloe.
—Soy yo la que tengo que perdonarme.
—Te he fallado, Cloe.
—Yo me traicioné a mí misma, he justificado mi vida
siendo el deseo de los demás.
—¿Volveremos a estar juntos Cloe?
—Quizá algún día cuando logremos curarnos las heridas.
Pepa Puncel Repáraz
Pamplona 09/02/2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario