domingo, 19 de octubre de 2014

LA ARAÑA_RELATO ERÓTICO_PARTE PRIMERA





LA ARAÑA
I

-En un lupanar semibárbaro que frecuenté hace un tiempo, se ofrecía una prostituta a la que llamaban algunos, Alicia, otros, La Araña, dado su aspecto físico de largas y bien curvadas piernas. Una vez en su presencia ya no había vuelta atrás, pero muchos daban todo lo que poseían por sus servicios.

La guardaban en una jaula, y es posible que aun la guarden, en la parte de atrás del jardín que rodeaba al palacete convertido en lujoso prostíbulo. Allí comía, hacia sus necesidades y recibía a sus clientes. Solamente se alimentaba de anémonas, cagaba anémonas, y toda su piel y sus genitales eran suaves y delicados como las anémonas. Los hombres, y muchas mujeres la deseaban, y los que no tenían acceso a ella después de haberla contemplado, llegaban a enloquecer.

-Por favor prosiga –rogué a mi compañero de viaje- cuénteme que pasa allí una vez dentro. Él me dirigió una mirada perdida, y siguió hablando:

-Los clientes tienen que entrar desnudos y tumbarse boca arriba en mitad de la jaula antes de que Alicia salga del capullo de seda de anémonas que ella misma se teje para aislarse y descansar los nueve meses que cohabita con cada una de sus visitas.

Alicia mira desde lejos a los que entran en su guarida con ojos de cuchillo. Entre las guedejas revueltas de un pelo negro asoman sus ojos más negros aun. Camina hacia ellos en actitud de araña con la lentitud y precisión de un animal hambriento al acecho. Va con su cuerpo vuelto al cielo sujetándose sobre sus brazos y piernas, sus nalgas, casi rozando el suelo, van arrastrando, pétalos frescos y parte de la tierra húmeda de fluidos perfumados de esencias desconocidas y deliciosas.

Sobre el cuerpo estremecido por los primeros contactos con el suyo, lanza Alicia, toques certeros y rápidos entre las vértebras que chasquean y se colocan en su punto exacto donde deberían haber estado. Su vientre y su boca se unen al vientre y a la boca de sus víctimas trazando giros prodigiosos, sobre su presa. Su lengua lame con suavidad amplias zonas de piel, y con sus dientes, mordisquea a sus victimas en los puntos estratégicos que solo ella conoce hasta hacerlos temblar y aullar de sentimientos encontrados y poderosos. Con su nariz tamiza hasta el más recóndito olor del cuerpo yaciente hasta dejarle casi inanimado de placer.

Cada vez que intuye, que a causa de sus caricias, pueda haber un estremecimiento exagerado, lo corta con latigazos de su pelo sobre las espaldas temblorosas, dando gritos prolongados, agudos y graves; ambos feroces. La ira de que pueda terminar el juego antes de tiempo hace que salte de barrote en barrote y de lado a lado de la jaula por encima del cuerpo entregado a sus deseos, al que ya adora más que a su propia vida, y que hará suyo sin la más mínima reserva.

-Sigua por favor, no pare ahora. Cuénteme como termina –digo ante el silencio y la vacilación de mi compañero de viaje.

-Imposible –me contestó aquel pobre hombre- yo soy de los desafortunados que no alcanzaron a estar con ella. Tan solo pude ver lo que le cuento porque estuve escondido. Mi fortuna no alcanzaba a pagar lo que me pedían y fui expulsado de aquél Paraíso. En este punto, entre suspiros y miradas enloquecidas, me describió el cuerpo de aquella mujer, con tal profusión de detalles, que me estremecí y eyaculé varias veces durante la narración.

No pude dormir aquella noche ni las siguientes. Al fin, desviándome de mi viaje, decidí ponerme en camino hacia el pueblo donde estaba la famosa mujer, la cual, con solo oír hablar de ella, me había conmovido tan profundamente.
II

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