sábado, 30 de agosto de 2014

NOSOTRXS (Buscar siete diferencias entre estos dos relatos)

NOSOTRXS

 Muchas personas se equivocaron con nosotrxs el día de nuestro nacimiento y esto causó un conflicto a nuestra madre; una mujer de extraordinario talento y belleza, que para desgracia nuestra, acabamos de enterrar. Ella, nada más darnos el primer abrazo  lleno de ese amor que rezuma el cuerpo de una mujer cuando desprende otra vida, comprendió  lo más profundo de nuestro ser; en un solo cuerpo había dos seres. Solo ella lo vio. Su capacidad de solucionar los problemas más difíciles y tortuosos de la manera más simple, le hizo tomar una decisión que nos conformaría, en parte, el resto de nuestras vidas sin causarle a ella ni a nosotrxs graves problemas hasta que llegamos a la edad de nueve años, y gracias a ella, aunque no nos haya visto el resto del mundo realmente como somos, han de llamarnos  por nuestro nombre: Marie y Pierre, aunque toda la gente nos llame Marie-Pierre, todo junto.

 Todo nos fue muy bien durante la infancia y nuestras peleas no nos llegaron a causar problemas serios, ni durábamos enfadados más de unos minutos, hasta que llegamos a cumplir los nueve años. Todas las tardes, después de terminar la tarea que nos daban en la Escuela, decidíamos a que íbamos a jugar hasta la hora de cenar, pero hacía unos días en que ya no estábamos tan de acuerdo, y antes de decidirlo peleábamos durante bastante rato.  Por ese motivo tuvimos el primer disgusto grande.


 Mientras fuimos solo carne la vida trascurrió dulcemente bajo la mirada amorosa de nuestra madre. Pero poco a poco, se fue apoderando de nuestro cuerpo eso que llaman algunos espíritu, y otros, cultura y que ordena, casi siempre, lo que ha de hacer la carne pero que es una  tortura y una cárcel en la que la carne queda presa, aunque a veces escape de ella con violencia. Esto fue lo que hizo abrirse una brecha, cada vez más grande, en la tierna armonía e incruentas batallas entre nosotrxs.

 Una noche, la discusión fue tan dolorosa, que nos costó dormirnos. Como estábamos profundamente esfadadxs no hicimos peleas de almohadas, ni saltamos en la cama, ni reímos hasta saltársenos las lágrimas de tanto reír. Nuestra madre, cuando vino a darnos las buenas noches, enseguida se dio cuenta de que algo serio nos pasaba. No dijo nada, pero se quedó de pié un buen rato mirándonos con cara preocupada, movió la cabeza como negándose a ella misma algo, nos dio un beso, apagó la luz y se fue.


 Esa misma noche también, comprendimos lo que era ese sentimiento que se llama angustia, que pertenece, más que al cuerpo, a la mente, y que precisamente por eso es más difícil de soportar que el peor dolor físico; ser dos había dejado de ser un juego divertido para convertirse en un problema que no dejó de crecer hasta llegar a ser insoportable.

 Nuestros gustos, y lo que es peor, nuestros más íntimos deseos, se fueron polarizando a medida que íbamos cumpliendo años y asumiendo diferentes roles. Empezamos a ser como la noche y el día, como el amor y el odio y como el calor y el frio y cada vez éramos más desgraciadxs. Nuestra madre, incapaz de solucionar el estado lamentable en el que íbamos cayendo, enfermó y finalmente murió el mismo día en que nosotrxs cumplíamos los diez y seis años.

Al faltarnos ella, que era lo que constituía el único lazo que quedaba entre nosotrxs dos y el mundo exterior, estuvimos de acuerdo en algo por última vez: la única solución a nuestros problemas era desaparecer, y a la vuelta del entierro de nuestra madre decidimos dejar de comer, y como nadie a nuestro alrededor fue capaz de convencernos de lo contrario, en poco tiempo, nuestros cuerpos, ya solo restos de carne, pero carne sin sufrimientos, fueron enterrados junto al cuerpo de nuestra madre.

Pepa Puncel Repáraz
Pamplona 24 febrero 2011


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