sábado, 23 de agosto de 2014

“EL PECHO” POR PHILIP ROTH






1
Empezó de una manera rara. Pero ¿habría podido empezar de otra manera, al margen de cómo empezara? Se ha dicho, claro está, que todo cuanto existe bajo el sol empieza de una manera rara y acaba de una manera rara, y que es raro. Una rosa perfecta es «rara», lo mismo que una rosa imperfecta y la bella rosa de común color rosado que crece en el jardín del vecino. Conozco la perspectiva según la cual todo lo que existe parece formidable y misterioso. Reflexiona sobre la eternidad, considera, si tienes valor, el olvido, y todo se transforma en un prodigio. De todos modos te diría, con toda humildad, que ciertas cosas son más prodigiosas que otras, y que yo soy una de tales cosas.

Empezó de una manera rara... una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la búsqueda, no veía nada fuera de lo corriente. Aunque sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan impenitente, he estado tan atento a cualquier cambio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premoniciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo dolor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aunque podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes —o algo peor—, al mismo tiempo comprendía que indudablemente, como siempre, no era nada.
Me equivocaba. Era algo. Transcurrió otra semana antes de que distinguiera una coloración rosada apenas perceptible de la piel bajo el vello púbico, pero una mancha tan tenue que finalmente me obligué a no seguir mirando, diciéndome que no era más que una pequeña irritación y, desde luego, nada preocupante. Al cabo de otra semana —lo cual, por cierto, constituía un período de incubación de veintiún días— bajé la vista al entrar en la ducha y descubrí que durante la agotadora jornada, con las clases, las reuniones, los viajes de ida al trabajo y vuelta y las comidas fuera de casa, la piel en la base de mi pene había adquirido una tonalidad rojo pálido. De inmediato concluí que se trataba del tinte de mis calzoncillos. (Que los calzoncillos que me había bajado a los tobillos fuesen de color azul claro no significaba nada en aquel momento de incredulidad y pánico.) Parecía manchado, como si me hubieran aplastado algo —algún tipo de baya— en el pubis y el jugo, tras deslizarse hasta el miembro, hubiera coloreado irregularmente la raíz.
En la ducha me enjaboné y aclaré el pene y el vello púbico tres veces, y entonces me recubrí cuidadosamente desde los muslos al ombligo con una gruesa capa de burbujeante jabón, masajeándome mientras contaba hasta sesenta. Cuando me aclaré con agua caliente —esta vez tanto que quemaba— la mancha seguía allí. No un sarpullido ni una costra ni una magulladura ni una llaga, sino un intenso cambio de pigmentación que enseguida asocié con el cáncer.
Eran las doce, la hora en que tradicionalmente se producen las transformaciones en los relatos de horror, y una hora en la que era difícil conseguir un médico en Nueva York. Sin embargo, telefo­neé de inmediato a mi médico, el doctor Gordon, y, pese al esfuerzo por ocultar mi alarma, él percibió claramente el temor y se ofreció a vestirse y cruzar la ciudad para examinarme. Tal vez si Claire hubiera estado conmigo aquella noche, en lugar de haberse quedado en su piso preparando un informe para el comité sobre planes de estudio, el mismo terror me habría impulsado a pedirle al médico que viniera corriendo. Por supuesto, dada la naturaleza de mis síntomas a aquella hora, es improbable que el doctor Gordon me hubiera enviado sin dilación al hospital, y tampoco parece, por lo que ahora sabemos —o seguimos sin saber—, que en el hospital pudieran haber hecho cualquier cosa para impedir o detener lo que estaba en marcha. El sufrimiento de las cuatro horas siguientes que hube de pasar a solas tal vez podría haber sido aliviado con morfina, pero nada indica que cualquier procedimiento médico, aparte de la eutanasia, pudiera haber invertido el rumbo del desastre.
Con Claire a mi lado podría haberme derrumbado por completo, pero, en mi soledad, de repente me avergonzaba perder el dominio de mí mismo; no habían pasado más de cinco minutos desde el descubrimiento de la mancha, y allí estaba yo, mojado y desnudo en el sofá de piel, tratando en vano de superar el trémolo de mi voz mientras bajaba los ojos y describía por teléfono lo que veía. «Tranquilízate», me dije, así que me tranquilicé, como puedo hacerlo cuando me lo propongo. Si era lo que me temía, podía esperar hasta el día siguiente, y si no lo era, también podía esperar. Le dije al doctor que me pondría bien. Exhausto tras una dura jornada de trabajo, me había... sobresaltado. Iría a su consultorio (pensé que esto era una prueba de valor por mi parte) hacia mediodía. Él me dijo que fuese a las nueve. Accedí y, tan serenamente como pude, le di las buenas noches.
Hasta que hube colgado el aparato y volví a examinarme bajo una luz intensa, no recordé que había un tercer síntoma, aparte del picor en la ingle y la decoloración del pene, que no le había mencionado al doctor. Hasta aquel momento lo había tomado por una señal de salud más que de enfermedad. Se trataba de la intensidad de la sensación local que había experimentado al hacer el amor con Claire durante las tres semanas anteriores. Para mí había significado el resurgimiento del deseo que antes sentía por ella; ni siquiera me molestaba en preguntarme de dónde o por qué, tan encantado —y tan aliviado— me sentía por su retorno. Lo cierto era que la intensa lujuria que su belleza física había despertado en mí durante los dos primeros años de nuestra relación se había ido reduciendo desde hacía casi un año. Hasta fecha reciente, le hacía el amor no más de dos o tres veces al mes, y lo más frecuente era que fuese ella la incitadora.
Mi enfriamiento —mi frialdad— era penoso para los dos, pero como ambos habíamos padecido no pocos trastornos emocionales (ella de niña con sus padres, yo de adulto con mi mujer), éramos igualmente reacios a dar cualquier paso hacia la ruptura de nuestra unión. Por descorazonador que fuese para una encantadora y voluptuosa joven de veinticinco años verse rechazada una noche tras otra, Claire no mostraba externamente ni un ápice de la suspicacia, la frustración o la cólera que incluso a mí me habrían parecido justificadas, el origen de su desdicha. Sí, ella paga un precio por su ecuanimidad (no es la mujer más expresiva que jamás he conocido, pese a su pasión sexual), pero he llegado a la etapa de la vida —es decir, había llegado— en la que el puerto sereno y sus plácidas aguas me gustaban más que el espumeante dramatismo de alta mar. Por supuesto, había ocasiones —cuando estábamos en compañía o a veces solos después de cenar— en que podría haber deseado que ella fuese más animada y más receptiva, pero yo estaba demasiado satisfecho de aquella sensatez suya en la que podía confiar para que me decepcionara su falta de viveza. Ya había tenido suficiente viveza con mi mujer.
Lo cierto es que, a lo largo de tres años, Claire y yo habíamos encontrado una manera de vivir juntos (que en parte suponía vivir separados) que nos proporcionaba la calidez y la seguridad de nuestro mutuo afecto, sin la dependencia acompañante, ni el agotador aburrimiento, ni el ansia desenfrenada y descentrada, ni las estrategias, durante las veinticuatro horas del día, del engaño y el apaciguamiento que parecían haber amargado a todos menos unos pocos de los matrimonios que conocíamos. Un año atrás había puesto fin a cinco años de psicoanálisis convencido de que las heridas sufridas en el Gran Guiñol de mi matrimonio habían cicatrizado tan bien como era posible que lo hicieran, y en gran parte gracias a mi vida en común con Claire. Tal vez no fuese yo el hombre que había sido, pero tampoco era un soldado raso herido, lleno de vendajes y tocando el tambor de la compasión de sí mismo, procedente de ese campo de batalla conocido como Hogar. La vida se había vuelto ordenada y estable, la primera vez que podía decir tal cosa en más de una década. La verdad es que nos llevábamos bien con tal facilidad y tan pocas tensiones, nos gustábamos tanto el uno al otro que cuando, inesperadamente, dejé de experimentar por completo placer cuando hacíamos el amor, lo consideré un desastre (poco sabía entonces de desastres). Fue un acontecimiento deprimente y desconcertante, y, por mucho que me empeñara, parecía incapaz de alterarlo. Lo cierto es que tenía concertada una cita con mi ex analista para hablarle de cómo me estaba afectando aquella situación cuando, también inesperadamente, de repente era más apasionado con ella de lo que había sido jamás con cualquier otra.
Pero «pasión» no es la palabra apropiada: un bebé en la cuna no siente pasión cuando le divierten haciéndole cosquillas bajo la barbilla. Me refiero a un placer del todo táctil: ni sexo en la cabeza ni en el corazón, sino, delicioso tormento, en la epidermis del pene, limitado a la superficie y generador de éxtasis. Era una clase de placer que me llevaba a contorsionarme y aferrar las sábanas, hacía que me retorciera y diese vueltas en la cama con un irreprimible abandono que anteriormente había considerado más propio de las mujeres que de los hombres y, en el caso de las mujeres, más imaginario que real. Durante la última semana de mi período de incubación, a punto estuve de llorar tan solo debido al tortuoso placer de la fricción. Al correrme, le lamía a Claire la oreja como un perro. Le lamía el pelo. Jadeante, me lamía mi propio hombro. ¡Me había salvado! ¡Mi vida en común con Claire no corría peligro! Tras haber yacido indiferente a su lado durante casi un año, tras haber empezado a temer lo peor acerca de nuestro futuro, de alguna manera —¡bendita y misteriosa manera!— había encontrado el camino hacia un terreno de pura y primitiva sensibilidad erótica, donde el vínculo entre nosotros solo podía reforzarse.
—¿Es esto lo que se considera disipación? —le pregunté a mi feliz amiga, cuya pálida piel tenía las marcas de mis dientes—. Nunca había experimentado una cosa igual.
Ella se limitó a sonreír y cerró los ojos para sentirse un poco más en el séptimo cielo. Tenía el cabello empapado en sudor, como el de una niña que hubiera jugado demasiado tiempo al aire libre un día muy caluroso. Claire satisfecha, donante de satisfacción. Afortunado David. No podríamos haber sido más felices. Por desgracia, lo que me ha sucedido es algo que nadie ha experimentado jamás, algo que se encuentra más allá de la comprensión, más allá de la solidaridad, más allá de la comedia. Desde luego, no faltan quienes afirman estar al borde de una explicación científica concluyente; los hay, mis fieles visitantes, cuya compasión no parece tener límites; y luego, ahí fuera, en el mundo, aquellos —¿por qué no habrían de hacerlo?— que no pueden evitar reírse. Y, mira, hay ocasiones en las que incluso soy uno de ellos: comprendo, siento compasión y también veo la broma. Gozar de ella es otra cuestión. Si pudiera sostener la risa más de unos pocos segundos... si no fuese tan breve y tan amarga. Claro que tal vez deba esperar aún más regocijo, si los médicos son capaces de mantenerme vivo en semejante estado, y si yo sigo deseando que lo hagan.
2
Soy un pecho. Un fenómeno que me han descrito de diversas maneras, como «un influjo hormonal masivo», «una catástrofe endocrinopática» o «una explosión hermafrodítica de cromosomas», tuvo lugar en mi organismo entre la medianoche y las cuatro de la madrugada del 18 de febrero de 1971 y me convirtió en una glándula mamaria sin ninguna relación con ninguna forma humana, como solo podría aparecer, habría pensado uno, en un sueño o una pintura de Dalí. Me dicen que ahora soy un organismo con la forma general de un balón de fútbol norteamericano o de un dirigible; dicen que tengo una consistencia esponjosa, peso setenta y tres kilos (antes pesaba setenta y cinco) y que sigo midiendo metro ochenta de altura. Aunque conservo, si bien dañado y de forma «irregular», gran parte de los sistemas cardiovascular y nervioso, un sistema excretor calificado como «reducido y primitivo» y un sistema respiratorio que termina justo por encima del diafragma en algo que recuerda un ombligo con un opérculo, la arquitectura básica en la que estas características humanas están desordenadas y enterradas es la de un pecho de mamífero hembra.
La mayor parte de mi peso corresponde a tejido adiposo. Por un extremo estoy redondeado como una sandía, por el otro finalizo en un pezón, de forma cilindrica, que se proyecta trece centímetros desde mi «cuerpo» y está perforado en la punta por diecisiete aberturas, cada una más o menos de la mitad del tamaño de un orificio uretral masculino. Estas son las aberturas de los conductos lactíferos. Tal como lo entiendo sin la ayuda de diagramas, pues estoy ciego, los conductos se ramifican hacia atrás en lóbulos compuestos por la clase de células que segregan leche y que es transportada a la superficie del pezón normal al succionarlo o bien ordeñarlo mecánicamente.
Mi piel es suave y «juvenil», y sigo siendo de «raza blanca». El color del pezón es rosado. Esto último se considera peculiar, puesto que en mi encarnación anterior era muy moreno. Como le dije al endocrinólogo que hizo esta observación, me parece menos peculiar que otros aspectos de la transformación, claro que yo no soy endocrinólogo. Un chiste lleno de amargura, pero chiste al fin y al cabo, y deben de haberlo observado y anotado.
El pezón es rosado, como la mancha en la base del pene que descubrí la noche en que empezó todo esto. Dado que los orificios del pezón me proporcionan algo similar a una boca y oídos vestigiales (por lo menos me ha parecido que soy capaz de hacerme oír a través del pezón y percibir vagamente lo que sucede a mi alrededor), había supuesto que era mi cabeza lo que se había transformado en pezón, pero los médicos son de otra opinión, por lo menos desde el mes corriente. En primer lugar, no hay duda de que mi voz, por débil que sea, emana del opérculo en el dia­fragma, a pesar de que mi sentido del paisaje interno siga asociando tercamente las funciones de la conciencia con el punto más elevado del cuerpo. Ahora los médicos sostienen que la piel arrugada y áspera del pezón (que, desde luego, es exquisitamente sensible al tacto, como ningún tejido de la cara, incluida la membrana mucosa de los labios) se ha formado a partir del glande. La fruncida y rosada areola que rodea al pezón parece ser una metamorfosis del miembro bajo el ataque de una secreción volcánica del fluido «mamogénico» de la pituitaria. Dos pelos largos y rojizos se extienden desde una de las pequeñas elevaciones en el borde de mi areola.
—¿Qué longitud tienen?
—Dieciocho centímetros exactamente.
—Mis antenas. —Amargura. Luego incredulidad—. ¿Quiere tirar de uno de ellos, por favor?
—Si lo desea, David, tiraré de él con mucha suavidad.
El doctor Gordon no mentía. Había tirado de uno de mis pelos. Una sensación bastante familiar, tanto que deseé estar muerto.
Por supuesto, transcurrieron varios días después del cambio (¡el «cambio»!) antes de que recobrara la conciencia, y otra semana antes de que me dijeran algo, aparte de que había estado «muy enfermo» con un «desequilibrio endocrino». Cada vez que me despertaba y descubría de nuevo que no podía ver, oler, saborear y moverme me lamentaba y aullaba de tal modo que debían mantenerme bajo una fuerte sedación. Cuando me tocaban el «cuerpo» no sabía a qué carta quedarme: la sensación era inesperadamente tranquilizante, pero lejana, y me recordaba el lamido del agua en una playa. Una mañana, al despertar, noté que les sucedía algo nuevo a mis extremidades. No era dolor, al contrario, la sensación era más bien agradable, y no obstante me parecía tan extraño sentir aquello que grité.
—¡Me he quemado! ¡Ha sido un incendio!
-Cálmese, señor Kepesh —me dijo una mujer—. Solo le estoy lavando. Me limito a lavarle la cara.
—¿La cara? ¿Dónde está? ¿Dónde están mis brazos? ¿Y mis piernas? ¿Dónde está mi boca? ¿Qué me ha ocurrido?
Entonces habló el doctor Gordon.
—Se encuentra en el hospital Lenox Hill, David. Está en una habitación particular en la séptima planta. Lleva aquí diez días. Le he visitado a diario por la mañana y la noche. Disfruta usted de excelentes cuidados y de todas las atenciones que requiere. En estos momentos le están lavando con una esponja, agua templada y jabón. Eso es todo. ¿Acaso le duele lo que le están haciendo?
—No —gemí—, pero ¿dónde está mi cara?
—Deje que la enfermera le lave y dentro de un rato hablaremos. Debe descansar todo lo que pueda.
—¿Qué me ha ocurrido?
Recordaba el dolor y el terror, pero nada más: había sido como si me hubiesen disparado una y otra vez desde un cañón contra un muro de ladrillo y a continuación me hubiera pisoteado un ejército de botas. En realidad era más bien como si hubiera sido un hombre de caramelo masticable, extendido en direcciones opuestas por el pene y las nalgas, hasta llegar a ser tan ancho como largo había sido. Los médicos me dicen que no pude estar consciente más que unos pocos minutos una vez iniciada la «catástrofe», pero, al rememorarlo, me parece que estuve despierto para notar que cada hueso de mi cuerpo se quebraba y re­ducía a polvo.
—Si ahora pudiera relajarse...
—¿Cómo me alimentan?
—Intravenosamente. No debe preocuparse. Se le alimenta todo lo necesario.
—¿Dónde están mis brazos?
—Deje que la enfermera le lave y luego le friccione con aceite, y ya verá cómo se siente mucho mejor. Entonces podrá dormir.
Cada mañana me despertaban así, pero pasó otra semana o más tiempo antes de que estuviera lo bastante calmado (o aletargado) para asociar las sensaciones del lavado con la excitación erótica.
Por entonces estaba convencido de que me habían amputado las extremidades superiores e inferiores, de que la caldera, que estaba bajo mi piso, había estallado y de que la explosión me había dejado ciego y mutilado. Sollozaba casi continuamente, pues no daba el menor crédito a las explicaciones sobre las hormonas que el doctor Gordon proponía como el origen de mi «enfermedad». Entonces, una mañana, agotado y entumecido al cabo de varios días de llorar sin lágrimas, noté que me excitaba, una suave palpitación en la vecindad de lo que todavía consideraba mi cara, una agradable sensación de... tumefacción.
—¿Le gusta así? —¡La voz era masculina! ¡Un desconocido!
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?
—Soy el enfermero.
—¿Dónde está la otra enfermera?
—Hoy es domingo. Cálmese, no ha venido por­que es domingo.
A la mañana siguiente, la enfermera habitual, la señorita Clark, entró de servicio, acompañada por el doctor Gordon. Me lavaron, bajo la super­visión del doctor, y esta vez, cuando empecé a experimentar las sensaciones que acompañan a las caricias eróticas, dejé que me envolvieran.
—Ah —susurré—, qué agradable es.
—¿A qué se refiere? —Me preguntó el doctor Gordon—. ¿Qué está diciendo, David?
La enfermera empezó a restregarme con aceite. Notaba cada uno de sus dedos masajeando aquella cara que ya no era una cara. Todo mi ser hervía con la sensación de inminencia que precede a una eyaculación perfecta.
—Oh, Dios mío, qué fenomenal es esto —dije, y me puse a sollozar de un modo tan incontrolable que tuvieron que sedarme de nuevo.
Poco después entró el doctor Gordon acompañado por el doctor Klinger, quien había sido mi psicoanalista durante cinco años, y me dijeron que era aquello en lo que me había convertido.
Me lavaban suavemente pero a fondo cada mañana, luego me embadurnaban de aceite y me daban un masaje. Después de escuchar la verdad de lo sucedido, después de saber que ahora vivía en una hamaca, el pezón en un extremo, la redondeada y prominente parte inferior en el otro, y con dos cabestrillos de terciopelo sujetando mi volumen en su lugar, transcurrieron varios meses antes de que aquellas abluciones matinales me procurasen el menor placer. E incluso entonces, solo cuando el doctor Gordon consintió en dejarme a solas con la enfermera, fui capaz de abandonarme de nuevo por completo a las atentas manos de la señorita Clark. Pero cuando lo hacía, las palpaciones eran casi insoportables, un «casi» delicioso, un frenesí similar a lo que había experimentado en aquellas últimas semanas de relación sexual con Claire, pero que parecía incluso más intenso, pues lo experimentaba en un estado de absoluta impotencia e inesperadamente, y provocado por aquellas manos dedicadas por completo a despertar mi excitación. Una vez finalizada la sesión, cuando la señorita Clark se había retirado con la palangana de agua tibia y los frascos de aceite (yo imaginaba unos frascos coloreados), la hamaca se mecía cómodamente a uno y otro lado, hasta que por fin cedía mi agitación, el pezón se ablandaba y me sumía en el sueño del saciado.
Digo que el doctor consentía en dejarnos a solas en la habitación, pero ¿cómo sé que alguien me ha dejado solo o incluso que me encuentro en una habitación? El doctor Gordon me asegura que no estoy sometido a más vigilancia que la de cualquier otro caso difícil, que no me exhiben en un anfiteatro de facultad de medicina ni estoy bajo las cámaras de un circuito cerrado de televisión... pero ¿qué le impediría mentirme? Dudo de que en medio de esta calamidad haya alguien que se preocupe por mis libertades civiles. Eso sí que haría reír. ¿Y qué me importa si no estoy solo cuando creo que lo estoy? Si me encuentro bajo una cúpula insonorizada en una plataforma colocada en medio de Madison Square Garden, si me exhiben en un escaparate de Macy's, ¿qué más me da? Dondequiera que me hayan puesto, por numerosos que sean los espectadores, la verdad es que estoy tan solo como cualquiera podría desear estarlo. Es mejor que deje de pensar en mi «dignidad», al margen de lo que significara para mí cuando era profesor de literatura, amante, hijo, amigo, vecino, consumidor, cliente y ciudadano. Si jamás ha habido una época para olvidar las convenciones, el decoro y el orgullo personal, es ahora. Pero como estas son cuestiones íntimamente relacionadas con mi idea de la cordura y el amor propio, la verdad es que en estos momentos me siento atribulado como nunca lo estuve en mi vida anterior, en la que adoptaba con toda facilidad el comedimiento social practicado por las clases educadas, y al hacerlo así experimentaba una auténtica satisfacción. Ahora la idea de que mis sesiones matinales con la señorita Clark se retransmiten en directo por el circuito de televisión interno del hospital, que mis delirantes contorsiones son observadas por decenas de científicos reunidos en la galería por encima de mí... en fin, a veces eso resulta casi tan insoportable como todo lo demás. Sin embargo, cuando el doctor Gordon me asegura que respetan mi «in­timidad», ya no le llevo la contraria, sino que le expreso mi agradecimiento, y de esa manera soy capaz por lo menos de fingir ante ellos que creo estar solo aunque no lo esté.
Mira, no se trata de hacer lo correcto o lo bien visto; puedo asegurarte que me tiene sin cuidado la etiqueta que conlleva ser un pecho. Lo que me importa es hacer lo que debo, seguir siendo yo. Pues, de lo contrario, ¿quién o qué soy? O bien no dejo de ser yo mismo o bien enloquezco y luego me muero. Y parece ser que no quiero morir. Eso también es una sorpresa para mí, pero ahí está. Tampoco preveo un milagro, una especie de ataque como represalia por parte de mis hormonas antimamogénicas, si existen tales (y solo Dios sabe si existen en una cosa como la que soy ahora), que reparará el daño. Sospecho que es un poco tarde para eso, y por ello si el pecho humano sigue deseando existir no es porque albergue semejante esperanza. Insisto en que soy humano, pero no tan humano. Tampoco creo que lo peor haya pasado. Tengo la sensación de que lo peor está por llegar. No, se trata sencillamente de que, como la muerte me aterra desde los dos años de edad, me he atrincherado en el odio que le tengo, he adoptado una postura personal contra la muerte que parezco incapaz de modificar debido a que me ha ocurrido «esto». Sí, «esto» es en verdad horrible, pero, por otro lado, hace tanto tiempo que no deseo morir que me resulta imposible cambiar de actitud de la noche a la mañana. Necesito tiempo.
Como puedes imaginar, mi supervivencia es de gran interés para la ciencia médica. Microbiólogos, psicólogos y bioquímicos siguen estudiando ese milagro, tanto aquí, en el hospital, como, según me dicen, en instituciones médicas de todo el país. Están tratando de averiguar qué es lo que me hace seguir vivo. El doctor Klinger opina que no importa cómo unan las piezas del rompecabezas, porque al final todo se reducirá a esas manidas expresiones de púlpito, «fuerza de carácter» y «vo­luntad de vivir». ¿Y quién soy yo para no estar de acuerdo con tan heroica percepción de mi persona?
—Entonces parece ser que mi análisis ha «cuajado» —le digo al doctor Klinger—. Es usted digno de alabanza, señor.
Él se ríe.
—Siempre ha sido usted más fuerte de lo que creía —replica.
—Habría preferido no tener nunca que descubrirlo. Y, además, eso no es cierto. No puedo vivir así mucho más tiempo.
—Sin embargo, ha de hacerlo, y ciertamente lo hace.
—Sí, lo hago, pero no puedo. Nunca he sido fuerte. Tan solo resuelto. Un pie delante del otro. Buenas calificaciones en todas las asignaturas. Se remonta a la época en que entregaba los deberes a tiempo y me llevaba los premios. Estar aquí dentro es espantoso, doctor Klinger. Quiero abandonar, quiero volverme loco, salir dando tumbos, echan­do pestes y delirante, solo que no puedo. Sollozo. Grito. Toco fondo. ¡Me quedo ahí tendido en ese fondo! Pero entonces vuelvo en mí. Hago mis chistecillos mordaces. Escucho la radio. Escucho el fonógrafo. Pienso en lo que hemos dicho. Refreno mi furor y mi amargura, y espero a que usted vuelva a visitarme. Pero esto, volver en mí, es una locura. Poner un pie delante del otro es una locura, ¡sobre todo porque no tengo pies! ¡Esta cosa atroz ha sucedido, y escucho las noticias de las seis de la tarde! ¡Esta increíble catástrofe, y escucho el boletín meteorológico!
No, no, dice el doctor Klinger: fuerza de carácter, voluntad de vivir.
Le digo que quiero enloquecer, y él responde que es imposible: eso está más allá de mí, está por debajo de mí. Ha sido necesario «esto» para des­cubrir que soy una ciudadela de cordura.
Así pues, puede que finja otra cosa, pero sé que me están estudiando, mirándome como contemplarían desde el fondo de vidrio de un barco la vida privada de una marsopa o un manatí. Pienso en esos mamíferos acuáticos debido al parecido general que tengo con ellos, lo sé, en tamaño y forma, y porque de la marsopa en particular se dice que es una criatura inteligente, tal vez incluso racional. Una marsopa con doctorado, el profesor adjunto Marsopa Kepesh. A decir verdad, en una clase de vida como esta, lo que uno echa más en falta es la estupidez, la trivialidad, la falta de sentido de la vida, pues, aparte de la realidad monstruosa y ridícula en que me he convertido, está la responsabilidad intelectual que parece desprenderse de esta absurda desgracia. ¿QUÉ SIGNIFICA? ¿CÓMO HA PODIDO SUCEDER? ¿POR QUÉ, EN TODA LA HISTORIA DEL GENERO HUMANO, HA TENIDO QUE OCURRIRLE AL PROFESOR KEPESH? Sí, el doctor Klinger actúa de un modo inteligente al atenerse a lo que es corriente y familiar, al soltar su cantinela sobre la fuerza de carácter y la voluntad de vivir. Mejor estas banalidades que lo altisonante o lo apocalíptico, ya que, por más que sea la ciudadela de la cordura, mi capacidad de aguante tiene un límite.
 


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