martes, 28 de octubre de 2014

LAS VOCES NARRATIVAS EN CORTAZAR




LAS BABAS DEL DIABLO_JULIO CORTAZAR

En este texto de Julio Cortazar se puede ver el interés que suscitaba en el escritor el uso de las voces en el relato. Incluso se plantea la supresión de las mismas. Es divertido.

domingo, 19 de octubre de 2014

LA ARAÑA_RELATO ERÓTICO_PARTE PRIMERA





LA ARAÑA
I

-En un lupanar semibárbaro que frecuenté hace un tiempo, se ofrecía una prostituta a la que llamaban algunos, Alicia, otros, La Araña, dado su aspecto físico de largas y bien curvadas piernas. Una vez en su presencia ya no había vuelta atrás, pero muchos daban todo lo que poseían por sus servicios.

La guardaban en una jaula, y es posible que aun la guarden, en la parte de atrás del jardín que rodeaba al palacete convertido en lujoso prostíbulo. Allí comía, hacia sus necesidades y recibía a sus clientes. Solamente se alimentaba de anémonas, cagaba anémonas, y toda su piel y sus genitales eran suaves y delicados como las anémonas. Los hombres, y muchas mujeres la deseaban, y los que no tenían acceso a ella después de haberla contemplado, llegaban a enloquecer.

-Por favor prosiga –rogué a mi compañero de viaje- cuénteme que pasa allí una vez dentro. Él me dirigió una mirada perdida, y siguió hablando:

-Los clientes tienen que entrar desnudos y tumbarse boca arriba en mitad de la jaula antes de que Alicia salga del capullo de seda de anémonas que ella misma se teje para aislarse y descansar los nueve meses que cohabita con cada una de sus visitas.

Alicia mira desde lejos a los que entran en su guarida con ojos de cuchillo. Entre las guedejas revueltas de un pelo negro asoman sus ojos más negros aun. Camina hacia ellos en actitud de araña con la lentitud y precisión de un animal hambriento al acecho. Va con su cuerpo vuelto al cielo sujetándose sobre sus brazos y piernas, sus nalgas, casi rozando el suelo, van arrastrando, pétalos frescos y parte de la tierra húmeda de fluidos perfumados de esencias desconocidas y deliciosas.

Sobre el cuerpo estremecido por los primeros contactos con el suyo, lanza Alicia, toques certeros y rápidos entre las vértebras que chasquean y se colocan en su punto exacto donde deberían haber estado. Su vientre y su boca se unen al vientre y a la boca de sus víctimas trazando giros prodigiosos, sobre su presa. Su lengua lame con suavidad amplias zonas de piel, y con sus dientes, mordisquea a sus victimas en los puntos estratégicos que solo ella conoce hasta hacerlos temblar y aullar de sentimientos encontrados y poderosos. Con su nariz tamiza hasta el más recóndito olor del cuerpo yaciente hasta dejarle casi inanimado de placer.

Cada vez que intuye, que a causa de sus caricias, pueda haber un estremecimiento exagerado, lo corta con latigazos de su pelo sobre las espaldas temblorosas, dando gritos prolongados, agudos y graves; ambos feroces. La ira de que pueda terminar el juego antes de tiempo hace que salte de barrote en barrote y de lado a lado de la jaula por encima del cuerpo entregado a sus deseos, al que ya adora más que a su propia vida, y que hará suyo sin la más mínima reserva.

-Sigua por favor, no pare ahora. Cuénteme como termina –digo ante el silencio y la vacilación de mi compañero de viaje.

-Imposible –me contestó aquel pobre hombre- yo soy de los desafortunados que no alcanzaron a estar con ella. Tan solo pude ver lo que le cuento porque estuve escondido. Mi fortuna no alcanzaba a pagar lo que me pedían y fui expulsado de aquél Paraíso. En este punto, entre suspiros y miradas enloquecidas, me describió el cuerpo de aquella mujer, con tal profusión de detalles, que me estremecí y eyaculé varias veces durante la narración.

No pude dormir aquella noche ni las siguientes. Al fin, desviándome de mi viaje, decidí ponerme en camino hacia el pueblo donde estaba la famosa mujer, la cual, con solo oír hablar de ella, me había conmovido tan profundamente.
II

sábado, 6 de septiembre de 2014

CONDENADOS (continuar)

Se miraron a los ojos con la misma energía con que clava el hacha el leñador. Entre ellos no quedo ni una máscara. Se reconocieron idénticos en su capacidad de maldad y se odiaron por ello. La destrucción del otro sería la única salida para la estrecha y larga relación a la que les sometía el destino.

sábado, 30 de agosto de 2014

NOSOTRXS (Buscar siete diferencias entre estos dos relatos)

NOSOTRXS

 Muchas personas se equivocaron con nosotrxs el día de nuestro nacimiento y esto causó un conflicto a nuestra madre; una mujer de extraordinario talento y belleza, que para desgracia nuestra, acabamos de enterrar. Ella, nada más darnos el primer abrazo  lleno de ese amor que rezuma el cuerpo de una mujer cuando desprende otra vida, comprendió  lo más profundo de nuestro ser; en un solo cuerpo había dos seres. Solo ella lo vio. Su capacidad de solucionar los problemas más difíciles y tortuosos de la manera más simple, le hizo tomar una decisión que nos conformaría, en parte, el resto de nuestras vidas sin causarle a ella ni a nosotrxs graves problemas hasta que llegamos a la edad de nueve años, y gracias a ella, aunque no nos haya visto el resto del mundo realmente como somos, han de llamarnos  por nuestro nombre: Marie y Pierre, aunque toda la gente nos llame Marie-Pierre, todo junto.

 Todo nos fue muy bien durante la infancia y nuestras peleas no nos llegaron a causar problemas serios, ni durábamos enfadados más de unos minutos, hasta que llegamos a cumplir los nueve años. Todas las tardes, después de terminar la tarea que nos daban en la Escuela, decidíamos a que íbamos a jugar hasta la hora de cenar, pero hacía unos días en que ya no estábamos tan de acuerdo, y antes de decidirlo peleábamos durante bastante rato.  Por ese motivo tuvimos el primer disgusto grande.


 Mientras fuimos solo carne la vida trascurrió dulcemente bajo la mirada amorosa de nuestra madre. Pero poco a poco, se fue apoderando de nuestro cuerpo eso que llaman algunos espíritu, y otros, cultura y que ordena, casi siempre, lo que ha de hacer la carne pero que es una  tortura y una cárcel en la que la carne queda presa, aunque a veces escape de ella con violencia. Esto fue lo que hizo abrirse una brecha, cada vez más grande, en la tierna armonía e incruentas batallas entre nosotrxs.

 Una noche, la discusión fue tan dolorosa, que nos costó dormirnos. Como estábamos profundamente esfadadxs no hicimos peleas de almohadas, ni saltamos en la cama, ni reímos hasta saltársenos las lágrimas de tanto reír. Nuestra madre, cuando vino a darnos las buenas noches, enseguida se dio cuenta de que algo serio nos pasaba. No dijo nada, pero se quedó de pié un buen rato mirándonos con cara preocupada, movió la cabeza como negándose a ella misma algo, nos dio un beso, apagó la luz y se fue.


 Esa misma noche también, comprendimos lo que era ese sentimiento que se llama angustia, que pertenece, más que al cuerpo, a la mente, y que precisamente por eso es más difícil de soportar que el peor dolor físico; ser dos había dejado de ser un juego divertido para convertirse en un problema que no dejó de crecer hasta llegar a ser insoportable.

 Nuestros gustos, y lo que es peor, nuestros más íntimos deseos, se fueron polarizando a medida que íbamos cumpliendo años y asumiendo diferentes roles. Empezamos a ser como la noche y el día, como el amor y el odio y como el calor y el frio y cada vez éramos más desgraciadxs. Nuestra madre, incapaz de solucionar el estado lamentable en el que íbamos cayendo, enfermó y finalmente murió el mismo día en que nosotrxs cumplíamos los diez y seis años.

Al faltarnos ella, que era lo que constituía el único lazo que quedaba entre nosotrxs dos y el mundo exterior, estuvimos de acuerdo en algo por última vez: la única solución a nuestros problemas era desaparecer, y a la vuelta del entierro de nuestra madre decidimos dejar de comer, y como nadie a nuestro alrededor fue capaz de convencernos de lo contrario, en poco tiempo, nuestros cuerpos, ya solo restos de carne, pero carne sin sufrimientos, fueron enterrados junto al cuerpo de nuestra madre.

Pepa Puncel Repáraz
Pamplona 24 febrero 2011


jueves, 28 de agosto de 2014

RELATO DEDICADO A LAS RATAS DE ALCANTARILLA Y A SUS SECUACES

Falta de riego. La verdad es que la doctora le había dicho muchas mas cosas pero él se aturullaba siempre en su presencia y no se quedaba con todo. Se la veía con tanta prisa a la pobre que su cabeza se revolucionaba para tratar de entender deprisa lo que le decía y no metabolizaba el contenido de sus palabras si es que lo tenía. -Vale, falta de riego-. Los sonidos en sus oídos eran debido a falta de riego. Luego, la médica había tecleado unos segundos en su ordenador. Ya esta. Diga que pase el siguiente.

Parecía un milagro. En su tarjeta médica ya constaba el nombre del medicamento que estaría lleno, sobre todo, de contraindicaciones y efectos secundarios -Todo en esta vida tiene sus contraindicaciones. Ya se sabe, hay que asumirlo -se dijo mientras buscaba una farmacia.

Se dirigió hacia la  más próxima al ambulatorio. Los pitidos en sus oídos se intensificaron: pip-peeeep, pe-pe. Sonrió; al menos esos últimos pitidos tenían algo de sentido. Haciendo un pequeño esfuerzo de imaginación se podía llegar a entender que en los sonidos de su tímpano se había producido un salto cualitativo; pe-pe, casi parecía algo inteligible.

Bien, paciencia. Con lo de que se le durmieran los pies y en el resto de las piernas sintiera como si por las venas le circulasen hormigas en vez de sangre, también se había asustado, y con el tiempo llegó a parecerle la cosa más normal, incluso los paseos de los bichitos a los largo de sus piernas le arrullaban el duermevela en que se habían convertido sus noches. Psicógeno; -le dijo esa vez la Doctora; que pase el siguiente.

Mientras esperaba su turno en la farmacia los iodos empezaron con su rollo otra vez
-pe-pe, pe-pe, pepe. Esta vez estuvo seguro de haber oído una clara intención dentro de sus orejas; habían dicho su nombre: Pepe. Así que tenía una falta de riego con cierta conciencia, esta vez su dolencia sabía decir nombres propios, en este caso, su nombre: Pepe.

Salió de la farmacia dando tumbos. Estaba impresionado. Pepe se recogió sobre si mismo para prestar toda su atención a sus oídos parlantes.

-Pepe es.

Pasar de decir un nombre a hacerlo acompañando a un verbo, y además uno de semejante envergadura le pareció a Pepe un hecho fascinante. Estuvo todo el día mascullando la frase y preguntándose por la posible intención de la misma. Que tenía una intención era indudable,  pero cual. Esa era la pregunta.

(Continuará. Si no fuese así que lo terminen esos merodeadores de Internet, esos que rapiñan las ideas en bruto de l@s demás, y a base de técnica "magistral", las depuran, las acrisolan y las venden. Ratas de alcantarilla)

miércoles, 27 de agosto de 2014

EL TEOREMA DE ARROW


La escaleta de mi casa huele. Yo quisiera que a la hora de merendar mi escalera oliese a te con pastas. Pero no. Por la mañana huele a café con leche y tostadas de pan con mantequilla y mermelada.

A media mañana huele a poyo asado, a veces, con pimientos otras con paratas fritas. En general, a la hora de la comida huele a frituras.

A la hora de la merienda no huele a nada. Debería oler a te, pero no, mi escalera no dice nada a mis narices cuando suben y bajan a esas horas sus peldaños.

El olor por la noche es más difícil de describir. A esas horas tiene unos matices que se superponen al dominante que es de sopa de verduras y pescado frito. También huele a deseo y a despecho. A envidias y a malas intenciones.

En el quinto piso, en cambio, huele siempre, sobre todo, a abrazos y a besos mezclados con olor a almizcle y a despedida de sepultura de un muerto reciente. Eso es por el abuelo enfermo que convive con la pareja.

Ya que hay que aceptar que la escalera huela; deseo, quiero, exijo, que a las cinco, y hasta las seis por lo menos, huela a te con pastas, o al menos, a te de bergamota.

No lo conseguiré, claro. No hago nada por conseguirlo. Por falta de vitalidad y porque soy vaga de una gran vaguedad. Soporto mal la frustración, por eso mis deseos no se concretan en acciones casi nunca. Según mi experiencia los deseos son perfectos; las acciones, jamás. Solo unos cuantos seres privilegiados rompen este maleficio y me confortan con sus creaciones. Pero esa perfección no se puede socializar. Mi escalera nunca olerá a te con pastas porque mi vecindario no toma ni te, ni con pastas. Ni con nada.

En esto estoy de acuerdo con el Teorema de la Imposibilidad de Arrow, aunque yo no lo aplicaría al sistema económico sino únicamente a lo de los olores de mi escalera.

Arrow demuestra que no es posible establecer un orden de preferencias sociales (bajo ciertas condiciones aceptables) a partir de las preferencias individuales. Al fracasar el acuerdo por la "vía democrática", dice, Arrow, se requiere un "dictador" que imponga su propio orden de preferencias sobre la sociedad.

Esto, unido a que no puedo ser dictadora porque siempre voy perdiendo o regalando lo que poseo, me mantiene en una actitud perpetua de frustración contemplativa. Es que, comprendan; me gusta estar sola.

sábado, 23 de agosto de 2014

“EL PECHO” POR PHILIP ROTH






1
Empezó de una manera rara. Pero ¿habría podido empezar de otra manera, al margen de cómo empezara? Se ha dicho, claro está, que todo cuanto existe bajo el sol empieza de una manera rara y acaba de una manera rara, y que es raro. Una rosa perfecta es «rara», lo mismo que una rosa imperfecta y la bella rosa de común color rosado que crece en el jardín del vecino. Conozco la perspectiva según la cual todo lo que existe parece formidable y misterioso. Reflexiona sobre la eternidad, considera, si tienes valor, el olvido, y todo se transforma en un prodigio. De todos modos te diría, con toda humildad, que ciertas cosas son más prodigiosas que otras, y que yo soy una de tales cosas.

Empezó de una manera rara... una comezón suave y esporádica en la ingle. Durante aquella primera semana, iba varias veces al día al lavabo contiguo a mi despacho en el edificio de la facultad de letras para bajarme los pantalones, pero al examinarme, y por minuciosa que fuese la búsqueda, no veía nada fuera de lo corriente. Aunque sin entusiasmo, decidí hacer caso omiso del picor. Siempre he sido un hipocondríaco tan impenitente, he estado tan atento a cualquier cambio en la temperatura corporal y la regularidad orgánica, que al hombre razonable que también era le resultaba imposible tomarse en serio mis reveladores síntomas. Pese a las sombrías premoniciones de extinción o parálisis o sufrimiento insoportable que acompañaban a cada nuevo dolor o acceso de fiebre, a los treinta y ocho años era un hombre vigoroso y de buen apetito, de metro ochenta, con buena postura y un físico esbelto, casi todo el pelo y la totalidad de los dientes, y sin haber padecido ninguna enfermedad grave. Aunque podría precipitarme a identificar la comezón en la ingle con algún trastorno neurológico como el herpes —o algo peor—, al mismo tiempo comprendía que indudablemente, como siempre, no era nada.
Me equivocaba. Era algo. Transcurrió otra semana antes de que distinguiera una coloración rosada apenas perceptible de la piel bajo el vello púbico, pero una mancha tan tenue que finalmente me obligué a no seguir mirando, diciéndome que no era más que una pequeña irritación y, desde luego, nada preocupante. Al cabo de otra semana —lo cual, por cierto, constituía un período de incubación de veintiún días— bajé la vista al entrar en la ducha y descubrí que durante la agotadora jornada, con las clases, las reuniones, los viajes de ida al trabajo y vuelta y las comidas fuera de casa, la piel en la base de mi pene había adquirido una tonalidad rojo pálido. De inmediato concluí que se trataba del tinte de mis calzoncillos. (Que los calzoncillos que me había bajado a los tobillos fuesen de color azul claro no significaba nada en aquel momento de incredulidad y pánico.) Parecía manchado, como si me hubieran aplastado algo —algún tipo de baya— en el pubis y el jugo, tras deslizarse hasta el miembro, hubiera coloreado irregularmente la raíz.
En la ducha me enjaboné y aclaré el pene y el vello púbico tres veces, y entonces me recubrí cuidadosamente desde los muslos al ombligo con una gruesa capa de burbujeante jabón, masajeándome mientras contaba hasta sesenta. Cuando me aclaré con agua caliente —esta vez tanto que quemaba— la mancha seguía allí. No un sarpullido ni una costra ni una magulladura ni una llaga, sino un intenso cambio de pigmentación que enseguida asocié con el cáncer.
Eran las doce, la hora en que tradicionalmente se producen las transformaciones en los relatos de horror, y una hora en la que era difícil conseguir un médico en Nueva York. Sin embargo, telefo­neé de inmediato a mi médico, el doctor Gordon, y, pese al esfuerzo por ocultar mi alarma, él percibió claramente el temor y se ofreció a vestirse y cruzar la ciudad para examinarme. Tal vez si Claire hubiera estado conmigo aquella noche, en lugar de haberse quedado en su piso preparando un informe para el comité sobre planes de estudio, el mismo terror me habría impulsado a pedirle al médico que viniera corriendo. Por supuesto, dada la naturaleza de mis síntomas a aquella hora, es improbable que el doctor Gordon me hubiera enviado sin dilación al hospital, y tampoco parece, por lo que ahora sabemos —o seguimos sin saber—, que en el hospital pudieran haber hecho cualquier cosa para impedir o detener lo que estaba en marcha. El sufrimiento de las cuatro horas siguientes que hube de pasar a solas tal vez podría haber sido aliviado con morfina, pero nada indica que cualquier procedimiento médico, aparte de la eutanasia, pudiera haber invertido el rumbo del desastre.
Con Claire a mi lado podría haberme derrumbado por completo, pero, en mi soledad, de repente me avergonzaba perder el dominio de mí mismo; no habían pasado más de cinco minutos desde el descubrimiento de la mancha, y allí estaba yo, mojado y desnudo en el sofá de piel, tratando en vano de superar el trémolo de mi voz mientras bajaba los ojos y describía por teléfono lo que veía. «Tranquilízate», me dije, así que me tranquilicé, como puedo hacerlo cuando me lo propongo. Si era lo que me temía, podía esperar hasta el día siguiente, y si no lo era, también podía esperar. Le dije al doctor que me pondría bien. Exhausto tras una dura jornada de trabajo, me había... sobresaltado. Iría a su consultorio (pensé que esto era una prueba de valor por mi parte) hacia mediodía. Él me dijo que fuese a las nueve. Accedí y, tan serenamente como pude, le di las buenas noches.
Hasta que hube colgado el aparato y volví a examinarme bajo una luz intensa, no recordé que había un tercer síntoma, aparte del picor en la ingle y la decoloración del pene, que no le había mencionado al doctor. Hasta aquel momento lo había tomado por una señal de salud más que de enfermedad. Se trataba de la intensidad de la sensación local que había experimentado al hacer el amor con Claire durante las tres semanas anteriores. Para mí había significado el resurgimiento del deseo que antes sentía por ella; ni siquiera me molestaba en preguntarme de dónde o por qué, tan encantado —y tan aliviado— me sentía por su retorno. Lo cierto era que la intensa lujuria que su belleza física había despertado en mí durante los dos primeros años de nuestra relación se había ido reduciendo desde hacía casi un año. Hasta fecha reciente, le hacía el amor no más de dos o tres veces al mes, y lo más frecuente era que fuese ella la incitadora.
Mi enfriamiento —mi frialdad— era penoso para los dos, pero como ambos habíamos padecido no pocos trastornos emocionales (ella de niña con sus padres, yo de adulto con mi mujer), éramos igualmente reacios a dar cualquier paso hacia la ruptura de nuestra unión. Por descorazonador que fuese para una encantadora y voluptuosa joven de veinticinco años verse rechazada una noche tras otra, Claire no mostraba externamente ni un ápice de la suspicacia, la frustración o la cólera que incluso a mí me habrían parecido justificadas, el origen de su desdicha. Sí, ella paga un precio por su ecuanimidad (no es la mujer más expresiva que jamás he conocido, pese a su pasión sexual), pero he llegado a la etapa de la vida —es decir, había llegado— en la que el puerto sereno y sus plácidas aguas me gustaban más que el espumeante dramatismo de alta mar. Por supuesto, había ocasiones —cuando estábamos en compañía o a veces solos después de cenar— en que podría haber deseado que ella fuese más animada y más receptiva, pero yo estaba demasiado satisfecho de aquella sensatez suya en la que podía confiar para que me decepcionara su falta de viveza. Ya había tenido suficiente viveza con mi mujer.
Lo cierto es que, a lo largo de tres años, Claire y yo habíamos encontrado una manera de vivir juntos (que en parte suponía vivir separados) que nos proporcionaba la calidez y la seguridad de nuestro mutuo afecto, sin la dependencia acompañante, ni el agotador aburrimiento, ni el ansia desenfrenada y descentrada, ni las estrategias, durante las veinticuatro horas del día, del engaño y el apaciguamiento que parecían haber amargado a todos menos unos pocos de los matrimonios que conocíamos. Un año atrás había puesto fin a cinco años de psicoanálisis convencido de que las heridas sufridas en el Gran Guiñol de mi matrimonio habían cicatrizado tan bien como era posible que lo hicieran, y en gran parte gracias a mi vida en común con Claire. Tal vez no fuese yo el hombre que había sido, pero tampoco era un soldado raso herido, lleno de vendajes y tocando el tambor de la compasión de sí mismo, procedente de ese campo de batalla conocido como Hogar. La vida se había vuelto ordenada y estable, la primera vez que podía decir tal cosa en más de una década. La verdad es que nos llevábamos bien con tal facilidad y tan pocas tensiones, nos gustábamos tanto el uno al otro que cuando, inesperadamente, dejé de experimentar por completo placer cuando hacíamos el amor, lo consideré un desastre (poco sabía entonces de desastres). Fue un acontecimiento deprimente y desconcertante, y, por mucho que me empeñara, parecía incapaz de alterarlo. Lo cierto es que tenía concertada una cita con mi ex analista para hablarle de cómo me estaba afectando aquella situación cuando, también inesperadamente, de repente era más apasionado con ella de lo que había sido jamás con cualquier otra.
Pero «pasión» no es la palabra apropiada: un bebé en la cuna no siente pasión cuando le divierten haciéndole cosquillas bajo la barbilla. Me refiero a un placer del todo táctil: ni sexo en la cabeza ni en el corazón, sino, delicioso tormento, en la epidermis del pene, limitado a la superficie y generador de éxtasis. Era una clase de placer que me llevaba a contorsionarme y aferrar las sábanas, hacía que me retorciera y diese vueltas en la cama con un irreprimible abandono que anteriormente había considerado más propio de las mujeres que de los hombres y, en el caso de las mujeres, más imaginario que real. Durante la última semana de mi período de incubación, a punto estuve de llorar tan solo debido al tortuoso placer de la fricción. Al correrme, le lamía a Claire la oreja como un perro. Le lamía el pelo. Jadeante, me lamía mi propio hombro. ¡Me había salvado! ¡Mi vida en común con Claire no corría peligro! Tras haber yacido indiferente a su lado durante casi un año, tras haber empezado a temer lo peor acerca de nuestro futuro, de alguna manera —¡bendita y misteriosa manera!— había encontrado el camino hacia un terreno de pura y primitiva sensibilidad erótica, donde el vínculo entre nosotros solo podía reforzarse.
—¿Es esto lo que se considera disipación? —le pregunté a mi feliz amiga, cuya pálida piel tenía las marcas de mis dientes—. Nunca había experimentado una cosa igual.
Ella se limitó a sonreír y cerró los ojos para sentirse un poco más en el séptimo cielo. Tenía el cabello empapado en sudor, como el de una niña que hubiera jugado demasiado tiempo al aire libre un día muy caluroso. Claire satisfecha, donante de satisfacción. Afortunado David. No podríamos haber sido más felices. Por desgracia, lo que me ha sucedido es algo que nadie ha experimentado jamás, algo que se encuentra más allá de la comprensión, más allá de la solidaridad, más allá de la comedia. Desde luego, no faltan quienes afirman estar al borde de una explicación científica concluyente; los hay, mis fieles visitantes, cuya compasión no parece tener límites; y luego, ahí fuera, en el mundo, aquellos —¿por qué no habrían de hacerlo?— que no pueden evitar reírse. Y, mira, hay ocasiones en las que incluso soy uno de ellos: comprendo, siento compasión y también veo la broma. Gozar de ella es otra cuestión. Si pudiera sostener la risa más de unos pocos segundos... si no fuese tan breve y tan amarga. Claro que tal vez deba esperar aún más regocijo, si los médicos son capaces de mantenerme vivo en semejante estado, y si yo sigo deseando que lo hagan.
2
Soy un pecho. Un fenómeno que me han descrito de diversas maneras, como «un influjo hormonal masivo», «una catástrofe endocrinopática» o «una explosión hermafrodítica de cromosomas», tuvo lugar en mi organismo entre la medianoche y las cuatro de la madrugada del 18 de febrero de 1971 y me convirtió en una glándula mamaria sin ninguna relación con ninguna forma humana, como solo podría aparecer, habría pensado uno, en un sueño o una pintura de Dalí. Me dicen que ahora soy un organismo con la forma general de un balón de fútbol norteamericano o de un dirigible; dicen que tengo una consistencia esponjosa, peso setenta y tres kilos (antes pesaba setenta y cinco) y que sigo midiendo metro ochenta de altura. Aunque conservo, si bien dañado y de forma «irregular», gran parte de los sistemas cardiovascular y nervioso, un sistema excretor calificado como «reducido y primitivo» y un sistema respiratorio que termina justo por encima del diafragma en algo que recuerda un ombligo con un opérculo, la arquitectura básica en la que estas características humanas están desordenadas y enterradas es la de un pecho de mamífero hembra.
La mayor parte de mi peso corresponde a tejido adiposo. Por un extremo estoy redondeado como una sandía, por el otro finalizo en un pezón, de forma cilindrica, que se proyecta trece centímetros desde mi «cuerpo» y está perforado en la punta por diecisiete aberturas, cada una más o menos de la mitad del tamaño de un orificio uretral masculino. Estas son las aberturas de los conductos lactíferos. Tal como lo entiendo sin la ayuda de diagramas, pues estoy ciego, los conductos se ramifican hacia atrás en lóbulos compuestos por la clase de células que segregan leche y que es transportada a la superficie del pezón normal al succionarlo o bien ordeñarlo mecánicamente.
Mi piel es suave y «juvenil», y sigo siendo de «raza blanca». El color del pezón es rosado. Esto último se considera peculiar, puesto que en mi encarnación anterior era muy moreno. Como le dije al endocrinólogo que hizo esta observación, me parece menos peculiar que otros aspectos de la transformación, claro que yo no soy endocrinólogo. Un chiste lleno de amargura, pero chiste al fin y al cabo, y deben de haberlo observado y anotado.
El pezón es rosado, como la mancha en la base del pene que descubrí la noche en que empezó todo esto. Dado que los orificios del pezón me proporcionan algo similar a una boca y oídos vestigiales (por lo menos me ha parecido que soy capaz de hacerme oír a través del pezón y percibir vagamente lo que sucede a mi alrededor), había supuesto que era mi cabeza lo que se había transformado en pezón, pero los médicos son de otra opinión, por lo menos desde el mes corriente. En primer lugar, no hay duda de que mi voz, por débil que sea, emana del opérculo en el dia­fragma, a pesar de que mi sentido del paisaje interno siga asociando tercamente las funciones de la conciencia con el punto más elevado del cuerpo. Ahora los médicos sostienen que la piel arrugada y áspera del pezón (que, desde luego, es exquisitamente sensible al tacto, como ningún tejido de la cara, incluida la membrana mucosa de los labios) se ha formado a partir del glande. La fruncida y rosada areola que rodea al pezón parece ser una metamorfosis del miembro bajo el ataque de una secreción volcánica del fluido «mamogénico» de la pituitaria. Dos pelos largos y rojizos se extienden desde una de las pequeñas elevaciones en el borde de mi areola.
—¿Qué longitud tienen?
—Dieciocho centímetros exactamente.
—Mis antenas. —Amargura. Luego incredulidad—. ¿Quiere tirar de uno de ellos, por favor?
—Si lo desea, David, tiraré de él con mucha suavidad.
El doctor Gordon no mentía. Había tirado de uno de mis pelos. Una sensación bastante familiar, tanto que deseé estar muerto.
Por supuesto, transcurrieron varios días después del cambio (¡el «cambio»!) antes de que recobrara la conciencia, y otra semana antes de que me dijeran algo, aparte de que había estado «muy enfermo» con un «desequilibrio endocrino». Cada vez que me despertaba y descubría de nuevo que no podía ver, oler, saborear y moverme me lamentaba y aullaba de tal modo que debían mantenerme bajo una fuerte sedación. Cuando me tocaban el «cuerpo» no sabía a qué carta quedarme: la sensación era inesperadamente tranquilizante, pero lejana, y me recordaba el lamido del agua en una playa. Una mañana, al despertar, noté que les sucedía algo nuevo a mis extremidades. No era dolor, al contrario, la sensación era más bien agradable, y no obstante me parecía tan extraño sentir aquello que grité.
—¡Me he quemado! ¡Ha sido un incendio!
-Cálmese, señor Kepesh —me dijo una mujer—. Solo le estoy lavando. Me limito a lavarle la cara.
—¿La cara? ¿Dónde está? ¿Dónde están mis brazos? ¿Y mis piernas? ¿Dónde está mi boca? ¿Qué me ha ocurrido?
Entonces habló el doctor Gordon.
—Se encuentra en el hospital Lenox Hill, David. Está en una habitación particular en la séptima planta. Lleva aquí diez días. Le he visitado a diario por la mañana y la noche. Disfruta usted de excelentes cuidados y de todas las atenciones que requiere. En estos momentos le están lavando con una esponja, agua templada y jabón. Eso es todo. ¿Acaso le duele lo que le están haciendo?
—No —gemí—, pero ¿dónde está mi cara?
—Deje que la enfermera le lave y dentro de un rato hablaremos. Debe descansar todo lo que pueda.
—¿Qué me ha ocurrido?
Recordaba el dolor y el terror, pero nada más: había sido como si me hubiesen disparado una y otra vez desde un cañón contra un muro de ladrillo y a continuación me hubiera pisoteado un ejército de botas. En realidad era más bien como si hubiera sido un hombre de caramelo masticable, extendido en direcciones opuestas por el pene y las nalgas, hasta llegar a ser tan ancho como largo había sido. Los médicos me dicen que no pude estar consciente más que unos pocos minutos una vez iniciada la «catástrofe», pero, al rememorarlo, me parece que estuve despierto para notar que cada hueso de mi cuerpo se quebraba y re­ducía a polvo.
—Si ahora pudiera relajarse...
—¿Cómo me alimentan?
—Intravenosamente. No debe preocuparse. Se le alimenta todo lo necesario.
—¿Dónde están mis brazos?
—Deje que la enfermera le lave y luego le friccione con aceite, y ya verá cómo se siente mucho mejor. Entonces podrá dormir.
Cada mañana me despertaban así, pero pasó otra semana o más tiempo antes de que estuviera lo bastante calmado (o aletargado) para asociar las sensaciones del lavado con la excitación erótica.
Por entonces estaba convencido de que me habían amputado las extremidades superiores e inferiores, de que la caldera, que estaba bajo mi piso, había estallado y de que la explosión me había dejado ciego y mutilado. Sollozaba casi continuamente, pues no daba el menor crédito a las explicaciones sobre las hormonas que el doctor Gordon proponía como el origen de mi «enfermedad». Entonces, una mañana, agotado y entumecido al cabo de varios días de llorar sin lágrimas, noté que me excitaba, una suave palpitación en la vecindad de lo que todavía consideraba mi cara, una agradable sensación de... tumefacción.
—¿Le gusta así? —¡La voz era masculina! ¡Un desconocido!
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?
—Soy el enfermero.
—¿Dónde está la otra enfermera?
—Hoy es domingo. Cálmese, no ha venido por­que es domingo.
A la mañana siguiente, la enfermera habitual, la señorita Clark, entró de servicio, acompañada por el doctor Gordon. Me lavaron, bajo la super­visión del doctor, y esta vez, cuando empecé a experimentar las sensaciones que acompañan a las caricias eróticas, dejé que me envolvieran.
—Ah —susurré—, qué agradable es.
—¿A qué se refiere? —Me preguntó el doctor Gordon—. ¿Qué está diciendo, David?
La enfermera empezó a restregarme con aceite. Notaba cada uno de sus dedos masajeando aquella cara que ya no era una cara. Todo mi ser hervía con la sensación de inminencia que precede a una eyaculación perfecta.
—Oh, Dios mío, qué fenomenal es esto —dije, y me puse a sollozar de un modo tan incontrolable que tuvieron que sedarme de nuevo.
Poco después entró el doctor Gordon acompañado por el doctor Klinger, quien había sido mi psicoanalista durante cinco años, y me dijeron que era aquello en lo que me había convertido.
Me lavaban suavemente pero a fondo cada mañana, luego me embadurnaban de aceite y me daban un masaje. Después de escuchar la verdad de lo sucedido, después de saber que ahora vivía en una hamaca, el pezón en un extremo, la redondeada y prominente parte inferior en el otro, y con dos cabestrillos de terciopelo sujetando mi volumen en su lugar, transcurrieron varios meses antes de que aquellas abluciones matinales me procurasen el menor placer. E incluso entonces, solo cuando el doctor Gordon consintió en dejarme a solas con la enfermera, fui capaz de abandonarme de nuevo por completo a las atentas manos de la señorita Clark. Pero cuando lo hacía, las palpaciones eran casi insoportables, un «casi» delicioso, un frenesí similar a lo que había experimentado en aquellas últimas semanas de relación sexual con Claire, pero que parecía incluso más intenso, pues lo experimentaba en un estado de absoluta impotencia e inesperadamente, y provocado por aquellas manos dedicadas por completo a despertar mi excitación. Una vez finalizada la sesión, cuando la señorita Clark se había retirado con la palangana de agua tibia y los frascos de aceite (yo imaginaba unos frascos coloreados), la hamaca se mecía cómodamente a uno y otro lado, hasta que por fin cedía mi agitación, el pezón se ablandaba y me sumía en el sueño del saciado.
Digo que el doctor consentía en dejarnos a solas en la habitación, pero ¿cómo sé que alguien me ha dejado solo o incluso que me encuentro en una habitación? El doctor Gordon me asegura que no estoy sometido a más vigilancia que la de cualquier otro caso difícil, que no me exhiben en un anfiteatro de facultad de medicina ni estoy bajo las cámaras de un circuito cerrado de televisión... pero ¿qué le impediría mentirme? Dudo de que en medio de esta calamidad haya alguien que se preocupe por mis libertades civiles. Eso sí que haría reír. ¿Y qué me importa si no estoy solo cuando creo que lo estoy? Si me encuentro bajo una cúpula insonorizada en una plataforma colocada en medio de Madison Square Garden, si me exhiben en un escaparate de Macy's, ¿qué más me da? Dondequiera que me hayan puesto, por numerosos que sean los espectadores, la verdad es que estoy tan solo como cualquiera podría desear estarlo. Es mejor que deje de pensar en mi «dignidad», al margen de lo que significara para mí cuando era profesor de literatura, amante, hijo, amigo, vecino, consumidor, cliente y ciudadano. Si jamás ha habido una época para olvidar las convenciones, el decoro y el orgullo personal, es ahora. Pero como estas son cuestiones íntimamente relacionadas con mi idea de la cordura y el amor propio, la verdad es que en estos momentos me siento atribulado como nunca lo estuve en mi vida anterior, en la que adoptaba con toda facilidad el comedimiento social practicado por las clases educadas, y al hacerlo así experimentaba una auténtica satisfacción. Ahora la idea de que mis sesiones matinales con la señorita Clark se retransmiten en directo por el circuito de televisión interno del hospital, que mis delirantes contorsiones son observadas por decenas de científicos reunidos en la galería por encima de mí... en fin, a veces eso resulta casi tan insoportable como todo lo demás. Sin embargo, cuando el doctor Gordon me asegura que respetan mi «in­timidad», ya no le llevo la contraria, sino que le expreso mi agradecimiento, y de esa manera soy capaz por lo menos de fingir ante ellos que creo estar solo aunque no lo esté.
Mira, no se trata de hacer lo correcto o lo bien visto; puedo asegurarte que me tiene sin cuidado la etiqueta que conlleva ser un pecho. Lo que me importa es hacer lo que debo, seguir siendo yo. Pues, de lo contrario, ¿quién o qué soy? O bien no dejo de ser yo mismo o bien enloquezco y luego me muero. Y parece ser que no quiero morir. Eso también es una sorpresa para mí, pero ahí está. Tampoco preveo un milagro, una especie de ataque como represalia por parte de mis hormonas antimamogénicas, si existen tales (y solo Dios sabe si existen en una cosa como la que soy ahora), que reparará el daño. Sospecho que es un poco tarde para eso, y por ello si el pecho humano sigue deseando existir no es porque albergue semejante esperanza. Insisto en que soy humano, pero no tan humano. Tampoco creo que lo peor haya pasado. Tengo la sensación de que lo peor está por llegar. No, se trata sencillamente de que, como la muerte me aterra desde los dos años de edad, me he atrincherado en el odio que le tengo, he adoptado una postura personal contra la muerte que parezco incapaz de modificar debido a que me ha ocurrido «esto». Sí, «esto» es en verdad horrible, pero, por otro lado, hace tanto tiempo que no deseo morir que me resulta imposible cambiar de actitud de la noche a la mañana. Necesito tiempo.
Como puedes imaginar, mi supervivencia es de gran interés para la ciencia médica. Microbiólogos, psicólogos y bioquímicos siguen estudiando ese milagro, tanto aquí, en el hospital, como, según me dicen, en instituciones médicas de todo el país. Están tratando de averiguar qué es lo que me hace seguir vivo. El doctor Klinger opina que no importa cómo unan las piezas del rompecabezas, porque al final todo se reducirá a esas manidas expresiones de púlpito, «fuerza de carácter» y «vo­luntad de vivir». ¿Y quién soy yo para no estar de acuerdo con tan heroica percepción de mi persona?
—Entonces parece ser que mi análisis ha «cuajado» —le digo al doctor Klinger—. Es usted digno de alabanza, señor.
Él se ríe.
—Siempre ha sido usted más fuerte de lo que creía —replica.
—Habría preferido no tener nunca que descubrirlo. Y, además, eso no es cierto. No puedo vivir así mucho más tiempo.
—Sin embargo, ha de hacerlo, y ciertamente lo hace.
—Sí, lo hago, pero no puedo. Nunca he sido fuerte. Tan solo resuelto. Un pie delante del otro. Buenas calificaciones en todas las asignaturas. Se remonta a la época en que entregaba los deberes a tiempo y me llevaba los premios. Estar aquí dentro es espantoso, doctor Klinger. Quiero abandonar, quiero volverme loco, salir dando tumbos, echan­do pestes y delirante, solo que no puedo. Sollozo. Grito. Toco fondo. ¡Me quedo ahí tendido en ese fondo! Pero entonces vuelvo en mí. Hago mis chistecillos mordaces. Escucho la radio. Escucho el fonógrafo. Pienso en lo que hemos dicho. Refreno mi furor y mi amargura, y espero a que usted vuelva a visitarme. Pero esto, volver en mí, es una locura. Poner un pie delante del otro es una locura, ¡sobre todo porque no tengo pies! ¡Esta cosa atroz ha sucedido, y escucho las noticias de las seis de la tarde! ¡Esta increíble catástrofe, y escucho el boletín meteorológico!
No, no, dice el doctor Klinger: fuerza de carácter, voluntad de vivir.
Le digo que quiero enloquecer, y él responde que es imposible: eso está más allá de mí, está por debajo de mí. Ha sido necesario «esto» para des­cubrir que soy una ciudadela de cordura.
Así pues, puede que finja otra cosa, pero sé que me están estudiando, mirándome como contemplarían desde el fondo de vidrio de un barco la vida privada de una marsopa o un manatí. Pienso en esos mamíferos acuáticos debido al parecido general que tengo con ellos, lo sé, en tamaño y forma, y porque de la marsopa en particular se dice que es una criatura inteligente, tal vez incluso racional. Una marsopa con doctorado, el profesor adjunto Marsopa Kepesh. A decir verdad, en una clase de vida como esta, lo que uno echa más en falta es la estupidez, la trivialidad, la falta de sentido de la vida, pues, aparte de la realidad monstruosa y ridícula en que me he convertido, está la responsabilidad intelectual que parece desprenderse de esta absurda desgracia. ¿QUÉ SIGNIFICA? ¿CÓMO HA PODIDO SUCEDER? ¿POR QUÉ, EN TODA LA HISTORIA DEL GENERO HUMANO, HA TENIDO QUE OCURRIRLE AL PROFESOR KEPESH? Sí, el doctor Klinger actúa de un modo inteligente al atenerse a lo que es corriente y familiar, al soltar su cantinela sobre la fuerza de carácter y la voluntad de vivir. Mejor estas banalidades que lo altisonante o lo apocalíptico, ya que, por más que sea la ciudadela de la cordura, mi capacidad de aguante tiene un límite.
 


lunes, 19 de mayo de 2014

AUTORRETRATOS CON HOMBRES

 Autorretrato con hombre que usa bastón.
Autorretrato con hombre con móvil.

Autrorretrato con hombre que usa mochila.

martes, 13 de mayo de 2014

"Lejos de los árboles", Jacinto Esteva.(1963-1971)

Tiene una belleza, por momentos sublime y también terrible, unidas en una genialidad de lenguaje pasmosa. La diversidad, encastrada a un idioma universal: la hermosura de la vida humana contemplada, sin ningún otro interés, que no sea, "La aproximación a la Historia de España" configurada, hasta el final de los tiempos, sobre La mítica Piel de Toro, que, en realidad es EL UNIVERSO.

martes, 6 de mayo de 2014

UNED_CURSO DE RELATO COTIDIANO_EJERCICIO 1_PEPA PUNCEL REPÁRAZ MENTOR_PROFESOR: DON RAMÓN JAUREGUI

LA TAZA ROJA

 La luz del amanecer a través de la persiana desvencijada del dormitorio le despertó. Una sensación, ni buena, ni mala pero extraña y muy intensa, le hizo pensar, que esa mañana, iba a ser distinta a las anteriores. La primera imagen que le vino a la cabeza no fueron los fantasmas habituales de tristeza, hambre y desesperación. Lo primero que se dibujó en su mente adormilada fue una taza. La taza roja made-in-China, que le esperaba, reluciente, en la alacena de la cocina. La había encontrado la tarde anterior en un contenedor mientras rebuscaba entre las basuras algo con que cenar. Eladio era  un parado de larga duración; eterna -escupía él- cada vez que hablaba de su situación con quien fuese. Su filiforme cuerpecillo, parecía un cuatro sentado al borde de la cama. Hoy, lo había conseguido con más agilidad que en días anteriores gracias a unala taza roja hecha por un chino en China. Su mirada ya no parecía la de una persona que está transitando desde una depresión profunda hacia una psicosis más profunda aún; hoy miraba con un bizqueo pasable.  Estaba contento.

Al pasar por el cuarto de baño, se detuvo largo rato ante el espejo. Se sorprendió al ver, que en el fondo de sus ojos, aún quedaban señales de haber contemplado un Rhotko. En su cara había algo que le recordó  la cara de su madre. Ella fue quien le crió y quien le había pagado los estudios con lo que sacaba de la tienda de chucherías. La crisis, como llamaban en los periódicos a este vendaval que levantaba los cimientos de toda una civilización, se las había llevado por delante. Desde el año 2008 estaba más solo que la una, se apañaba, pero ya se empezaba a aburrir de sí mismo. Si esto empeora me tiro por la ventana –dijo Eladio al del espejo. Llevaba dos años en el paro. Había trabajado otro muy por el contrario que su alrededor, sufrió una implosión. El susto, añadido a un cierto desagrado, le trasformó en un Big Crunch más oscuro que una noche eterna. Su mente giró sobre sí misma, dio tres saltos mortales de necesidad y se contempló estupefacta arrojándose desde el quinto piso en que habitaba. Lo veía todo a cámara lenta pero sin vuelta atrás. Estuvo cayendo durante lo que le parecieron siglos, hasta sentir el crujido de sus huesos golpeando la acera, pero cosa extraña; no sintió dolor. Fue como entrar en una nube. Su cuerpo reconcentrado en la partícula subatómica, más comprimida y  densa que se haya visto jamás, se incrustó en el asfalto  como el dedo en la mantequilla tierna.
Eladio se había convertido en un bólido de primera calidad. Atravesó la tierra de parte a parte. Saliópar de años, al salir de la universidad, como auxiliar del ayudante del profesor adjunto de Estética. La reducción de funcionarios y su escasa habilidad para otros temas le tenían varado y a punto de terminar sus últimas monedas, y con ellas, su deseo de vivir. Ojalá llegue el día en que una de las dos Españas liquide a la otra, o esta jodida mierda, no va a acabar nunca -pensó. Estaba tan desesperado que ya le daba igual cuál de ellas saliera triunfante.

Heladio ,se dirigió pensativo a la cocina mirando las vetas del suelo de formica. Una mierda de cocina -explicaba Eladio-, cuando hablaba con quién fuera del anuncio de alquiler que la inmobiliaria le vendió como: “se alquila apartamento con cocina exterior”. Por el ventanuco llegaban olores a refrito. Eladio se puso melancólico y se acarició la oreja izquierda despacio. Pasó, de fijarse en las dos Españas, a tratar de recordar si le quedaba leche, o si se había terminado el cartón el día anterior.  La luz sucia que iluminaba la escena, entraba por el agujero de un estrecho patio interior al que daba la cocina y apenas dejaba adivinar los enseres. Palpando, encontró el cartón de leche. Se acercó a las baldas, ahí estaba, como un trofeo, su taza roja. ¡Qué caramba, no está todo perdido! –sonrió. La llenó de leche hasta el borde. La metió en el microondas destartalado, y le dio marcha al cacharro.

Fue visto y no visto.

Exploto la taza. Explotó el microondas, y con ellos, parte de las paredes desconchadas. También en la cabeza de un parado de larga duración, por muy bien educado que esté de la cabeza, pueden explotar las mejores ideas en ciertos momentos, y en ese instante, junto con las esquirlas de pared, del microondas, y de la taza roja llena de leche hasta el borde, además, pulularon a su alrededor, en un Big Bang, de un atronadores estallidos de colores. Con la simultaneidad de dos fotones recibiendo información, Eladio,
por el lado opuesto. Llegó al éter. Cruzó galaxias. Evitó agujeros negros y se plantó en el lugar donde van los ilustres cuando mueren. Y sin esperar, ni su turno, ni demostrar la más mínima norma elemental de educación, le espetó a Carlos Marx: Los proletarios nos hemos vuelto idiotas, y, algunos de ellos, están locos, locos. Así que piensa en otra dictadura, que para la tuya, no tenemos efectivos”.

Carlos Marx desvió la mirada de la mirada de papel de lija de Eladio y se giró hacia Federico Engels para ver si le inspiraba como en ocasiones anteriores. Federico, estaba situado algo más abajo y algo más detrás de Carlos. Su ser, estaba dado la vuelta del revés como corresponde a quien ha jugado en la Historia el rol de calcetín. Ante el silencio imponente de los dos prebostes, Eladio emitió un rugido vengativo, muy lejos de indicar ningún otro sentimiento que no fuese una ira descomunal. Sin pensarlo dos veces (imposible hacerlo ni siquiera una en su estado), volvió a la tierra. Convocó a la humanidad con mejor resultado aún que el Amelín de las ratas y la flauta. Reunió, en un santiamén, a la plutocracia universal –total, eran tres o cuatro mafias nada más. Y se autoconstituyó, en un  dictador temerario aquejado de enajenación mental universal no transitoria.

A mano alzada, y por unanimidad, decidió la Asamblea Mundial, presidida por el inopinado Augusto, separar la cabeza del tronco a los tiranos como solución. Y en homenaje, en parte, a la Revolución Francesa, aunque también, en parte, por estética -opinaron algunos cataluñenses de la Gauche Divine que andaban por ahí a su puta aunque ilustrada bola.

Esta vez, la revolucionada ciudadanía, no rebanó el pescuezo a los traidores, sino que, demostrando más ingenio y piedad que en ocasiones anteriores, les incrustaron unos cojinetes entre lo que es el cuello y el cuerpo, sin importarles un bledo, ni dejarse conmover por los alaridos de los sinvergüenzas. Al conseguir con esta técnica darles un punto de giro a sus cabezas, los miserables ladrones, pudieron darse cuenta, de que las gafas no se ven si se llevan puestas. Comprendieron su maldad. Se hicieron casi normales. Confesaron y se arrepintieron de sus atrocidades y se dispersaron entre la ciudadanía mirándolo todo con la tranquilidad que da el perder una mala educación y exagerados afanes.

Eladio, después de superar, solo en parte, el sentimiento oceánico que le colonizaba, desde el estallido de su mundo, tanto exógeno como endógeno, sacudió su  cabeza. Sacudió su cuerpo. Respiró emitiendo un hipo seco y miró a su alrededor incrédulo frotándose los ojos: -Una taza. ¿Qué es una taza, al fin y al cabo? Mierda, mierda, mierda. A Eladio se le saltaron las lágrimas al recordar, que el día anterior, después de lavar la taza roja con cuidado, había estampado en ella, con pintura negra y mucho amor, la hoz y el martillo y su número de afiliado copiándolo de su carné –sí, ese que había dejado en la alacena, junto a su taza roja después de copiar sobre ella su número de carné, firmado por Dolores Ibárruri y por Santiago Carrillo, Ay.

Pepa Puncel_Pamplona 06_05_2014

domingo, 4 de mayo de 2014

TESOROS DIGITALES EN LA BIBLIOTECA DE LA UNED


Con estas licencias hasta Belén E. hace un soneto laudatorio. Impresionante documento perteneciente a los tesoros de la biblioteca de la UNED. Se puede leer en ella, entre otras cosas extraordinarias, una edición del S. XV de Orlando Furioso. Delicioso.

domingo, 27 de abril de 2014

COPLAS DE AMOR

Tuve un amante central.
El más guapo fue bandido.
Amante prendí al ojal
de diario en mi vestido.
Cien amantes en mis ojos
Otros tantos despedidos
Dos amantes se me fueron
Por ese largo camino.
(Me tengo en mi soledad
donde recuerdo y olvido)

COPLAS DE AMOR

A mi puerta has de llamar
Y yo no te quiero abrir
Aunque me sientas llorar.

Yo no quiero ya el querer
que él no me quiere escuchar
o no me quiere entender.

A mi puerta has de llamar
y se que te voy a abrir
aunque me cueste llorar